La princesa echó una
útima mirada a su gran palacio. La última vista atrás, una mirada cargada de
tristeza, desolación y confusión.
Aquel palacio de
recibir cálido y marchitar imposible, de enormes salas calentadas por los rayos
del sol, de inimaginables vidrieras, dejaba de ser suyo. Aquel hogar de duendes
y poltergueist, de jardines hermosos y arbustos laberínticos. Su hogar.
Como alguien que vende
su vida, como alguien que derrumba sus buenos momentos, como quien, sin
remordimientos, olvida sus recuerdos, lo dejaba todo atrás, sin tener la
certeza de qué pasaría ahora.
Un reino se quedaba
sin gobernante, unas gotas de lluvia borraban el pasado, un paso constituía una
distancia abismal.
Y todo acababa, por
una vez, con un final nada feliz.
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