Olvidó la belleza de los besos robados y la relevancia de los besos regalados. Y se marchó.
Y se obligó a borrar de su mente la línea curva de sus sonrisa y el reflejo dorado de su cabello.
El sonido estridente de su risa y el ligero verdor de sus ojos marrones.
La pronunciación de sus pómulos y la alegría de su expresión.
Se obligó a olvidar lo que había significado, lo que había sucedido, y lo que había sentido.
Se obligó a olvidarla, y a olvidarse a él mismo con ello.
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