martes, 14 de mayo de 2013

zeit.


El llanto me abordó. Hizo de mí un manojo de nervios. Nada.
Las lágrimas no cesaban, el corazón se aceleraba, la necesidad de aferrar algo con fuerza y retorcerlo crecían insistentemente, la dificultad para respirar se acentuaba. Las piernas se doblegaron bajo mi peso y caí al suelo. Frío.
Mi mente ya no divagaba. Me concentraba en tranquilizarme. En lo imposible. En lo intratable.
Pero cada lágrima era purificadora, la opresión del pecho menguaba. El nudo en la boca del estómago se deshacía lentamente. La liberación se hallaba cerca.
Y cuando creí que era posible que todo terminara, que dejaría de temer a las noches y al llanto, que olvidaría... las lágrimas se acabaron. Y el pesar, tremendo, volvió con presteza a su lugar.
Y me rendí. Por primera vez, o quizá segunda, tras haberme permitido sumirme en un llanto tan profundo, que desgarraba mi alma.

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