Creo, sin embargo, en la imperecedera flotabilidad de los recuerdos que más amamos, la permanencia de estos hirientes pedazos de subjetivo pasado en nuestro cerebro.
Creo en el masoquismo emocional y en la estupidez de esperar que, por una vez, esas llagas que nunca sanan sólo traigan sonrisas, sin evocar a la sufrida nostalgia.
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