martes, 14 de mayo de 2013

Welcome to the jungle


El olor de la fruta madura me abofeteó durante unos segundos. Contuve la respiración ante tal pestilencia.
La sensación de color era acentuada por la humedad, y las gotas de sudor surcaban mi cuerpo en un maratoniano recorrido, hasta perderse entre la vegetación del suelo tras precipitarse por los vacíos de mi anatomía, prácticamente desnuda.
Los mosquitos acudían a mí a decenas y se deleitaban con mi sangre, dejando marcas en mi piel que tardarían días en desaparecer. Los ungüentos del viejo chamán no funcionaban. Mis manotazos al aire no funcionaban. Contra aquellas pequeñas bestias, nada funcionaba.
El pelo cada vez me estorbaba más, se pegaba en mi cuello, en mis hombros, en mi espalda, y las plumas de colores intensos que entre él colgaban sólo me irritaban.
Dejé de caminar. Era hora de acomodarme. Solté despacio las plumas, rebuscando entre los enredos. Una a una. Y tras recoger la molesta cabellera en una coleta alta con una tira de algodón, las anudé con ella, para que no se perdieran.
Hasta ese momento no había sido consciente de la belleza del lugar que había invadido. Un paraje verde. Selvático. En el que el silencio nunca existía. Donde la soledad era imposible; siempre rodeada de animales, bellos y exóticos, que no huían a mi mirada. Siempre perseguida por aquella extraña tribu que vigilaba cada uno de mis movimientos sin atreverse siquiera a acercarse.
No era momento para la demora. Mi tiempo se terminaba. Necesitaba llegar, allí, pronto. Reanudé mi marcha, esquivando todo lo que en mi camino se interponía, guiada apenas por la poca luz que la frondosa vegetación dejaba entrever. Continué mi búsqueda. Apremié mi paso.
Y caminé durante días, sin apenas descanso. Me deshice de la poca ropa que me acompañaba. Me dejé arañar por la tosca corteza de los árboles que, a medida que avanzaba, dejaban menos espacio entre ellos. Se entrelazaban, se alzaban hacia el cielo en una eterna lucha hacia la luz, hacia la vida. Me dejé llevar por los sonidos silvestres. Permití que la lluvia me empapara y me limpiara. Masacré mis pies durante aquella locura. Saturé mis músculos al máximo. Me conducí al borde del desfallecimiento. Pero seguí adelante.
Y sí. Llegué allí. Mereció la pena. Uno de los indígenas salió de entre en espesor. Al fin pude comprender por qué no les había visto: con su piel olivácea, sus escasos ropajes apenas hechos de cuero y de hojas, sus ojos sin brillo, podían hacerse invisibles para cualquiera.
Ojos oscuros. Mirada penetrante, que sostuve mientras me sumergía en aquellas aguas heladas. Mirada penetrante que me acompañó el resto de mi viaje.
Ojos oscuros. Que te perforan sin opción de huída. Que no te permiten ver la verdad. El interior. Sucias ventanas cerradas que no dejan pasar un ápice de luz.
Ojos oscuros. Ojos opacos.

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