Noche. Silenciosa. Iluminada.
Uma terminó de envolverse en su sari verde botella, el de algodón. Fresco, cómodo, discreto. Todos dormían, cansados tras el festival del Holi.
Caminó silenciosamente atravesando la pequeña casa, procurando no tropezarse con nada, extendiendo las manos a tientas para marcarse el camino.
La portezuela de madera resultó su aliada: no crujió, como habitualmente sucedía, se deslizó suavemente dejando escapar la ligera calidez del hogar.
La muchacha salió a la calle. Suelo frío, a aquellas horas, coloreado, tras aquel día. Sus pies descalzos se tiñeron de intensos colores y suciedad, se mojaron de agua y orín, pero a ella no le importó.
Ravi la esperaba.
Impaciente. Expectante. Junto al abrevadero a las afueras del poblado. La espera se le hacía eterna, y de vez en cuado mojaba sus manos y lavaba su cara, en un vano intento de que el tiempo corriera, volara.
Uma caminaba despacio, mientras recogía su larga cabellera negra en una densa trenza y la perfumaba con fragancia de loto. Mientras ribeteaba sus ojos de negro. Mientras sonreía, nerviosa, feliz.
Le vió a lo lejos. Su Ravi. Su amigo. Su hermano. Su cómplice. Su secreto. Su amor. Su sol. Pero por desgracia, no su destino.
Uma corrió, irrandiando alegría, recogiendo su sari con las manos para no tropezar, dejando que su trenza se alborotara. Queriendo abrazarle. Deseanso besarle.
Llegando a él. Oliendo el aroma a especias que desprendía su piel morena. Acariciando su cabello oscuro, ondulado, áspero. Admirando sus pestañas largas. Perdiéndose en sus ojos negros. Deslumbrándose con su sonrisa.
Abrazándole. Besándole. Fundiéndose con él. Mojándose con el agua del abrevadero. Ensuciándose con los colores del suelo. Iluminándose con la luna.
Iluminando la India entera.

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