Volví a entrar allí. Después de semanas. El recibidor de gruesos muros de casa de mi abuela acogió mi entrada como no lo hacía desde muchos años atrás. Con un peculiar olor a infancia.
Y ese aroma, más que conocido, penetró en mis pulmones y despertó mis neuronas. Y unas lágrimas inexplicables inundaron mis ojos.
Los recuerdos pasaron fugaces, por mi cabeza, y una presión inexistente aplastó mi corazón.
Demasiadas dudas. Demasiado pesar. Demasiado miedo.
Llanto contenido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario