Empujé las enormes puertas de madera, y entré para refugiarme del seco frío que arañaba en la calle.
La majestuosidad interior de la catedral sólo era comparable con su imponencia y belleza exterior.
No existía canto más divino que el silencio. No existía luz más celestial que aquella dorada que se colaba por las altas vidrieras, dejando el vuelo inconcluso de las brillantes motas de polvo a la vista de todos.
Sonaron las campanas en lo alto, y un ligero olor a incienso inundó cada recoveco de cada enorme estancia.
Caminé despacio, rozando con los dedos la fría piedra de las columnas. Me sentí parte de la historia. Creí que hasta el más ateo podría convertirse en beato entre aquellos muros... dentro de aquella obra de arte inacabada, muestra de la intención humana de alcanzar contacto y redención divina.
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