La piel de su cara, accidentada. La de sus manos, endurecida y quemada. La del resto de su cuerpo, desconocida. Con el indicio, aun así, de ser el mapa de una vida tortuosa.
Caminaba despacio, bambolándose, sirviéndose de un viejo cayado tan retorcido como su esqueleto y sin poder presumir de un pronunciado avance.
Su pútrido aliento casi acababa con las vidas de las indefensas flores que se encontraban a su alrededor. Sólo presagiaba muerte y desgracia.
Él en sí mismo era un anticipo de la muerte.
Y, a pesar de todo, allí estaba, con un fardo llorón cargado a sus espaldas, un fardo que agitaba sus puñitos rosados buscando alguna respuesta a su llanto. Y a pesar de todo, allí estaba, rodeado de destrucción, intentando salvar a la raza humana.
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