Sus cabellos rojos eran el reflejo de su vida.
Eran la memoria de sus crímenes.
Se tornaban aun más sangrientos cada vez que hacía que un alma sesgara el aire y volara lejos.
Sus ojos eran una ventana a ninguna parte.
Eran azules muros de contención.
Brillaban con la satisfacción de cada crimen cometido.
Y su piel, blanca, perfecta, era una marca de pureza impropia de una mujer como ella.
De semblante estoico y seco. De formas sensuales. De homicida caminar. De asesina existencia.

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