Aún aferraba la espada con fuerza. Quizá fuera ahora su único tesoro.
Mirada en derredor. Un campo de batalla desolador, repleto de cadáveres, de moribundos, de una victoria que nunca llegó.
Un suelo que había retumbado al ritmo del trote de los caballos, un silencio que se había roto con el tronar de los cuernos de guerra, un ambiente tenso que se había quebrado con el sesgar de las espadas.
Su cota de malla, rasgada. Sus ropas sucias de sangre y sudor. Su honor manchado de vergüenza. Y su corazón, parado. Herido sin que un arma le hubiera rozado. Expectante. Asustado.
Caminó despacio, esquivando todo tipo de horrores, dejando a muchos a su suerte, a la espera de una muerte segura. Conteniendo la respiración para evitar el fuerte olor a humanidad y a sangre. A carne quemada. Buscándole con la mirada. Esperando escuchar su voz pronunciando su nombre. Temiendo sentir como su alma se le acercaba por la espalda y se despedía con un leve gesto.
El que había sido su compañero. El que había sido su amigo. El que había sido su hermano. El que tantas veces se había metido en líos, y tantas veces le había arrastrado tras de sí.
Logró reconocer su caballo, en la lejanía, relinchando e intentando deshacerse del pesado bulto que era su amo. El gran hombre enredado en las cinchas del gran corcel blanco.
Corrió consciente de que esta vez sí que no habría mañana. Corrió temiéndose lo peor. Corrió para conseguir despedirse. Corrió... Por su complicado amor. Corrió para abrazarle por última vez. Corrió para besarle.
Corrió como el hombre que era, por el hombre que amaba, olvidando su espada, su honor y su rango.
Corrió por amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario