Dejo que el sol de finales de verano lama con suavidad mi piel a través del cristal de la ventanilla del coche. Me mezco lentamente con los baches de la carretera de mi vida, el viejo camino a Maguilla. Sin sobresaltos. Creo conocerme cada uno de esos accidentes que hacen que el coche dé pequeñas sacudidas.
Y cerrando los ojos un momento, lo siento. Noto como el tiempo se escurre entre mis dedos, como he desperdiciado segundos preciados, minutos únicos, horas irrepetibles. Recuerdo el final de cosas amadas. Sonrío, a mi pesar, con una mueca amarga. Como un viejo sabio al que no le queda más por vivir. Y una lágrima rueda por mi mejilla hasta caer por el abismo de mi barbilla. Una lágrima derramada por todo lo bueno. Que empezó y que terminó. Por amigos que dejé lejos, por amigos que tengo cerca y, aun así, extraño. Por canciones que han sonado en momentos inoportunos. Por acentos extranjeros. Por chaparrones que sólo mojan el alma. Por tormentas de verano.
Por el verano que se está yendo y que, una vez más, no he sabido vivir.

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