Bajo el sol de una tarde entrada en horas a finales de verano. Atareado con su viejo tractor. Conducía mirando constantemente hacia atrás, maniobrando en el pequeño corralete para las gallinas.
-¡Can! ¡¿A dónde vas ahora con el tractor?!
-¡¿A dónde?!- contestó al reparar en mi presencia.- ¡A la luna!
Sonrió ampliamente. Y le ví feliz, muy feliz, con menos años encima de los que en realidad tiene.
Mi abuelo, de piel morena y arrugada, de nariz y orejas grandes, de sonrisa sincera y ojos brillantes. Bajó del tractor con una agilidad impropia en él, hombre grande y torpón.
Y después de un abrazo, me guió por el corral hasta llegar a un gran bidón en el que había plantado un enclenque melocotonero, y me explicó que se disponía a realizar la misma operación unos metros más allá con un manzano.
Sonriendo todo el tiempo, trasvasando arena y tierra de un bidón a otro con una vieja pala, casi tan vieja como él.
Con los ojos entrecerrados, para esquivar la luz molesta que venía de frente, de un atardecer naranja y turquesa. Con paciencia. Con amor. Sonriendo.
Disfrutando, simplemente, de un poco de compañía.
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