-Hoy quiero besarte yo.
Silencio. Silencio y unos ojos cerrados con fuerza. Silencio y un momento de tensión.
-¿No me has escuchado?
Y ella levantó la cabeza, y le vió allí. Y sorprendida. Y asustada... Y sus ojos oscuros que no le transmitían nada, porque ella no quería ver. Y un sofá pistacho, en el que se sintió caer sin dejar de estar sentada.
Y un beso. Un beso que fue sucedido por otro, y otro, y otro más.
Y confusión. Porque nada de aquello era normal. Y alegría. Porque nada de aquello era normal. Y normalidad. Porque nada de aquello era normal.
Y nunca nada había sido normal. Y nunca nada sería normal.
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