La juventud se nos escapaba por los poros de la piel,
corríamos sin destino, sólo por correr.
Como en un videoclip o una película americana de los
noventa, nos tumbábamos en la hierba a no hacer nada, a vaguear al sol de la
tarde de primavera, a disfrutar de nuestra libertad. Y cuando se activaban los
aspersores, nada, seguíamos allí quietos dejándonos mojar.
Como si no tuviéramos más tiempo que mañana, como locos sin
dinero, como extraños en un mundo que no es el nuestro y dioses en nuestro
propio mundo, tomábamos el control.
Éramos jóvenes y libres.
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