Tras sus ojos se escondía una verdad inalcanzable. Imposible. Inimaginable. Únicamente suya.
Un ardor que ascendía lentamente por su esófago y acababa reflejado en unas lágrimas repletas de sentimientos inconcisos.
La euforia de la veracidad de lo invisble, del sentimiento de liberación de una angustia muy pesada.
Una verdad que no se podía resumir en palabras, la verdad de un amor sin frenos ni ataduras, de un amor desbocado, como un caballo salvaje.
Una verdad surgida de la nada, una verdad sabrosa, quizá inútil. Pero verdad, al fin y al cabo.
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