Estar sola y por encima del mundo, de todos, ser su dueña,
su señora. Contemplar cada tejado y ver un gato amodorrado al sol, escuchar el
llanto de un niño o la música saliendo por las ventanas de tu casa, las
campanadas de las seis y el soneteo de las cigüeñas.
Y notar que rozas la perfección, que todo es tuyo, que no
necesitas más que el aire frío. Y sonríes. Que te rodeas de azul celeste, de
baldosas rojas y paredes blancas, de la luz anaranjada del sol, del algodón de
las nubes, que tu misma formas parte del cielo.
Y en un intento de capturar en una foto toda esa esencia,
quedarte corta, alegrarte de no haber absorbido ni un poco de ese pedazo de tu
alma que se conserva ahí arriba, y alejarte con tu cámara en las manos, con un
recuerdo más que guardar, con un retrato en blanco y negro de los colores de tu
vida.

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