Estampaba sus manitas manchadas de pintura por las paredes una y otra vez, sin descanso, dejando, sin saberlo, la firma que más podría caracterizarle.
Un bote caído de pintura roja, que se extendía por el suelo como un reguero de espesa sangre. La ropa y la piel del chiquillo salpicados de carmesí.
Algunos suaves rizos dorados caían sobre su frente, rebotando al ritmo de su correteo, y en sus ojos azules como el mar despuntaban la inocencia y la felicidad.
Y sus padres, dormidos, ignorantes a la redecoración que el pequeño estaba llevando a cabo.

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