Agarré a Anita fuertemente de la mano, y corrimos todo lo que pudimos por las callejuelas oscuras de Llerena. Aquel muchacho llevaba toda la tarde buscándonos, y antes de que él cruzara la esquina, un presentimiento me dijo qu corriera; así que allí estábamos. Nos escondimos tras los contenedores de un aparcamiento, tras la iglesia, y esperamos agazapadas a que se olvidara de nosotras. El corazón casi se nos salía del pecho de excitación y agotamiento, después de haber recorrido sin al trote y sin descanso todas las pequeñas calle qu encontramos desde la estación de tren hasta la plaza.
Yo sabía que si nos encontraba, estábamos completamente perdidas.
Intenté salir de detrás del contenedor, pero Anita decía que me quedara allí: era lo más seguro. Aún así, y con el corazón en un puño, salí de allí y me asomé a la calle desde la esquina del aparcamiento. Nada. Hice señas a Anita para que me siguiera.
Salimos a la plaza, esperando que nuestro perseguidor no estuviera cerca. Íbamos despacio, midiendo cada uno de nuestros pasos. Los niños jugaban al fútbol, o paseaban con las bicicletas; los bares recién abiertos empezaban a llenarse... La plaza estaba tan concurrida como cualquier otro sábado a esas horas, pero no había rastro de nuestro perseguidor. Algo más tranquilas, caminamos por la plaza en dirección a la calle Aurora, y cual fue nuestra sorpresa al ver que él estaba allí. Esta vez fue Anita quien me cogió de la mano y me guió de nuevo hacia la multitud.
Subimos precipitadamente los tres escalones que separaban el acerado de la entrada de la iglesia, y nos ocultamos detrás de la estatua de Zurbarán. Perfectamente podríamos haber pasado desapercibidas entre el bullicio, pero preferimos no arriesgarnos; a estas alturas todo debería estar a punto de llegar a su fin, y era una tontería echarlo todo a perder en ese momento. Ahora probablemente todo dependía de nosotras.
Él apareció en la plaza desde la calle Aurora, y decidí que era hora de abandonar nuestro escondite. Salté de nuevo al acerado, y Anita me siguió torpemente. Hasta ahí todo bien, no nos había visto. Caminamos despacio, como quien no quiere la cosa, pasando fácilmente desapercibidas. Yo no quería que nos viera...O sí, no estaba realmente segura pero El cuerpo me pedía arriesgar, correr y gritar, el subidón de adrenalina proporcionado por la posibilidad de ser descubierta. Así que agarré a Anita del brazo y me puse a hablar con ella y distraerla, porque si le decía lo que planeaba, se echaría atrás.
Lo único que le dije, se lo dije cuando ya no podíamos volver atrás. Cuando apenas estábamos a unos metros de él:
-Cuando diga "adiós", corre hacia la estación.- Me acerqué aún más al chico toqué su espalda suavemente, y susurré a su oído:- Adiós.
Tardó un poco en reaccionar, al igual que Anita, aunque ella fue más rápida. Cuando se dio cuenta de quiénes éramos, nosotras ya corríamos como locas por la calle Aurora, sorteando gente, coches, sillas. Todo. Yo iba en cabeza, pero la diferencia entre los tres no era muy grande. Cuando llegamos a Cuatro Caminos, oí un golpe detrás de mi, y me di la vuelta. Anita se había caído, y se había raspado las rodillas. Las dos sabíamos que ella no se salvaría, pero yo aún tenía posibilidades.
En ese momento me sentí culpable, ya que las dos podríamos haber escapado si no hubiera sido por mi estúpida manera de actuar. Con un gesto, ella me dijo que siguiera corriendo. El momento que había parado, él había sacado mucha ventaja, y ahora no nos separaban más de tres metros.
Corrí como una posesa, sintiendo el aire fresco en mi cara. Me sentía como si estuviera volando, pero un gran peso recayera sobre mis alas. Escuchaba perfectamente su respiración tras de mí, agitada y cansada, al igual que la mía. Crucé la carretera sin pensar más que en llegar antes que él a la estación, sin importarme los coches que pasaban a toda velocidad por allí.
Una vez que estuviera en la estación de tren, estaría a salvo, así que apuré la poca fuerza que me quedaba en el cuerpo, y crucé la esquina. Vi mi salvación a apenas diez metros, pero mi perdición me pisaba los talones. En la recta final, tropecé con aun adoquín suelto, pero sin llegar a caerme. Eso bastó a mi perseguidor para reducir el espacio entre nosotros a un metro. No podía creerlo, si después de todo él me cogía, no habría valido la pena que Anita se hubiera quedado en el camino, ni toda una tarde de esfuerzo por que él no me atrapara.
Cuando dos metros me separaban de la gran puerta verde oscura, di un salto en busca de la protección, y rocé el frío metal con mis dedos, gritando por todo lo alto:
- ¡POR MÍ!
No podía creerlo, me había salvado. Genial. Siempre me había encantado jugar al escondite.
No hay comentarios:
Publicar un comentario