Esta noche déjame estar contigo.
Porque quiero que nos comamos el mundo, y volvamos a ser
uno.
¿Lo sientes? Vuelve el aroma a césped y a cloro, ese que
tanto echamos de menos durante todo el invierno.
Pero mi añoranza no cambiará nada. Ya no podré buscar más tu
mirada cristalina, la playa no volverá a ser la misma ahora que tú no estás.
Sentí como cada gramo del mundo se me venía encima aquella
tarde, cuando te vi con la mirada perdida sentada en tu sillón de siempre.
Recordé en un instante cada segundo que habíamos pasado frente a aquel fuego
que entonces iluminaba tus dulces facciones, tan taimadas, tan serenas.
Y me acerqué a tí, lentamente. Tu no lo sabías, ya no podías
saber nada. Acaricié tu cara. Tu piel estaba fría, helada para encontrarte tan
cerca de la candela. Y lloré en silencio arrodillado junto al sillón, queriendo
volver a nuestra juventud, al día en que te conocí, en la piscina, con ese
aspecto tan desgarbado y desenfadado, con tu pelo castaño empapado.
Y mientras seguía llorando sonreí, sabiendo que por fin
descansabas tranquila, después de tantos meses deseándolo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario