lunes, 13 de mayo de 2013

Aquella tarde


Hacía mucho frío, y el calabobos que caía acompañado del fuerte viento no ayudaba. Precisamente por eso no me había puesto ni rimmel.
Enfundada en mi abrigo rojo largo, y envuelta en mis guantes, bufanda, y gorros marrones a juego con las botas, todo calor me parecía poco. Así que entré en aquella cafetería que siempre había estado ahí, esa a la que tanta gente iba los fines de semana, pero que tan poco frecuentada estaba a diario. Hoy era uno de esos días.
El mismo camarero tras la barra que desde hacía tres años. Aquel chico tan mono, que no llegaba a tener pinta de modelo, pero tan atractivo para mí, me miró y sonrió. Le devolví el gesto algo vacilante. Hoy no tenía ganas de charla, y parece que lo advirtió.
-¿Un batido, como siempre?
-No, gracias, hoy hace demasiado frío. Mejor un chocolate caliente.
-Claro, enseguida.
Quise sentarme en la mesa de siempre, esa rodeada de sillones que había al fondo de la cafetería, pero estaba ocupada y me subí a la terracita de arriba.
Me deshice de toda la ropa de abrigo y la dejé en la silla de al lado,cogiendo del bolsillo interior del abrigo rojo aquel libro de bolsillo que me había regalado mi madre esa mañana por mi cumpleaños.
Y cuando iba a empezar a leerlo, apenas dos minutos después de haber pedido el chocolate, el mismo camarero que me había atendido me lo trajo, humeante, con un bizcochico que tenía una vela encendida.
-¿Y esto?- pregunté al sonriente muchacho.
-Sé que hoy es tu cumpleaños. Me lo dijiste el año pasado, ¿no te acuerdas?
Sí, ahora sí me acordaba de esa conversación tan trivvial. Pero, ¿cómo era capaz de recordarlo? Igual que yo recordaba el suyo. El trece de abril. Apenas me sacaba dos años, aquel chico.
No me quedó otro remedio que sonreir y agradecérselo.
-Venga, vamos, pide un deseo y sopla la vela, seguro que se cumple.
No sabía que deseo pedir. En realidad justo en ese momento no quería nada. Pero por un momento se me pasó una fugaz idea por la cabeza. Una tontería algo infantil.
Cerré los ojos, soplé para apagar la vela, y cuando volví a abrirlos, allé estaban esos ojos tan marrones, con esas pestañas incluso más grandes que las mías, que dejaban mucho que desear.
¿Lo sabía?¿Cómo podía saberlo?
Tras mirarme unos segundos a los ojos, sin dejar de sonreir ante mi expresión perpleja, se separó.
Bebí algo de chocolate, aunque ya no para entrar en calor, sino por el gusto de notar el dulce sabor en mi boca, ahora tibio, y no humeante.
-¿Qué pediste?
-Nada, en realidad. O bueno, nada importante.-volví a beber algo de chocolate, dehando que me manchara un poco por encima del labio, de manera algo cómica, a juzgar por la risa entre dientes del camarero.
-Déjame, anda, que te limpio.-Cogió una servilleta y me limpió lentamente, pero dejando rastros.
-¡Pero si no me vas a limpiar bien, no me limpies!
-¿Quieres dejarme, que no he acabado?¡Eres muy impaciente!
Chasqueé la lengua, y cuando quise darme cuenta, volví a tenerlo demasiado cerca, quizá más de la cuenta. Pero no me molestó cuando me besó lentamete, llevándose el poco chocolate que quedaba en mis labios,
-Había pensado algo así-contesté, a aquella pregunta que antes había quedado sin respuesta.
-Menos mal, has tardado tres años.

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