14 de agosto de 1945. Times Square es un hervidero de vida,
es bullicio, es alegría. Los luminosos rojos hablan de la rendición de Japón,
del tan esperado fin de la guerra, de la vuelta de muchos, de la muerte de
tantos otros. Las caras de la gente que me rodea simplemente reflejan el
alivio y la alegría que el momento requiere.
Y aquí estoy yo, en la calle, en lo que ahora se podría
decir que es el centro del mundo sin ser totalmente consciente de la realidad,
de la relevancia de ese puñado de palabras que tan felices hace a todos.
Quieta... Petrificada. Observando con ojo analítico cada detalle y con una
sonrisa pintada en la cara.
Por fin decido moverme, doy un par de pasos para volver por
donde he venido, y alguien, de la forma más inesperada, me agarra de la
cintura, hace que me de la vuelta, y apenas unos segundos después de poder
percatarme de que es un soldado, me besa. Nada de un beso fugaz, nada de el
beso del amor de mi vida. Un beso apasionado, furtivo, robado, desconocido. Y
me dejo besar, por el simple hecho de que me parece fantástico que todo se haya
acabado, de que él pueda celebrar que ha vuelto.

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