Una tarde fresca de mediados de septiembre. Unas nubes
negras que vaticinan la lluvia inminente. Un ligero vestido que se deja llevar
por el viento al compás que hace que tu pelo se enrede.
El claqueteo de tus sandalias contra los adoquines, el
soneteo de las cigüeñas en la torre.
Y de repente una gota. Cálida, en tu brazo. Una más, y otra,
esta vez, ambas en tu cara. Gotas, gotas, gotas y más gotas, que se acaban
convirtiendo en un enorme chaparrón veraniego. Corto, pero intenso. Granizante
y doloroso, pero refrescante.
Septiembre.

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