Deja de mirar en todas direcciones, pareces un gato
asustado.
Mira a tu lado, mira ese brillo que no deja de resplandecer
y te empeñas en ocultar.
Sólo tienes que fijarte en la franquza de sus ojos cuando te
habla. ¿O es que, acaso, no ves nada?
No te mientas. No le mientas. Es más fácil esconderse,
simplemente, seguir caminando hacia adelante y no ver el rastro de desolación
que todo esto está dejando a vuestro paso.
No quieres fijarte en la fragilidad del asunto, en la ligera
máscara veneciana que disfraza vuestros sentimientos.
Para. No dispares una sola bala más. Hace falta una tregua.
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