Lo nuestro ya es una historia demasiado larga, y si no la
cuento reventaré, y los mil pedazos de mí tardarían mucho en volver a juntarse.
Y no tiene más, que todo empezó la semana después de
carnavales, no se porqué, no te había visto más que hacía años en la escuela de
música. Y me gustaste.
No eres atractivo, no eres un modelo, pero tu espontaneidad
es única, y probablemente eso es lo que me gustó, aunque en realidad no te
conocía, para nada. No tenía más que darme cuenta de que las cosas no son
siempre como parecen.
Y ni una sola señal de que yo te atrajera, nada, sólo nos
decíamos hola y adiós cuando nos cruzábamos por la calle, así que decidí no
prestarte atención, porque me he acostumbrado a esas cosas, siempre me pasan a
mí.
Hasta que en semana santa, cuando el día de mi cumpleaños
nos fuimos al campo, estuviste todo el día con nosotros, y no hacías más que
hablar conmigo, que no querías hacer otra cosa que no fuera estar tumbado en el
suelo con la cabeza recostada en mis piernas. Yo supuestamente ya pasaba de ti,
ya no me gustabas.
Pero no recuerdo como pasó, que empezamos a hablar por el
tuenti, y el sábado por la noche, cuando estaban aquí los franceses, a finales
de abril, llegué a la discoteca y me besaste en la mejilla, y yo me estremecí,
y seguí a lo mío, con mis amigos y los franceses, sin prestarte atención,
porque era mejor no hacerse ilusiones. Y esa noche no te separaste de mí, me
agarraste por la cintura, bailaste conmigo, me hiciste sentir bien.
Recuerdo cuando me invitaste aquel viernes a ver una
película a casa de tu padre... Y yo inventando mil excusas, diciendo a mis
amigos que no iba a salir, porque la nuestra era una historia secreta (secreta
a gritos). Me dijiste que me sentara mientras tú ponías el DVD, que,
estropeado, tuvimos que poner a todo volumen porque no se escuchaban bien las
voces. Apagaste la luz, te sentaste a mi lado, y me cogiste la mano, y yo me
acerqué un poco a ti, y antes de una escena de miedo, giré la cabeza porque no
quería ver nada, y me topé con tu cara, sonriente, burlándose de mi actitud
miedosa. Y me besaste. Mi estómago se hizo un nudo, se me erizaron los pelitos
de la nuca. Y me dejé llevar, y vimos la película sin verla, prestando atención
a nuestras tonterías y a nuestros besos, a las caricias y los nervios.
Y después de esa noche no nos hablamos, tu decías que yo no
te hablaba, y yo que tú no me hablabas, tonterías, muchas estupideces, y así
pasaron las semanas, hasta el fin de semana de las comuniones.
Mi vestido era corto, y mi borrachera monumental, y tu SMS
preguntándome porqué no hablábamos, y tu intentado arreglarlo, y yo pasando, y
al final acabamos haciéndolo.
Pero no sabía que eras un capullo, que vas de flor en flor,
y que con todas y con esas seguías tonteando, abrazándome cuando tenías
oportunidad... Y yo no te lo he impedido, aunque a veces me planteo si debería
haberlo hecho.
Pero de todas maneras conseguí construir una muralla
alrededor del hueco de mi mente que ocupas tú, y la fui fortificando lentamente,
cada vez más.
¡Pues lo has arruinado todo!
Porque el domingo pasado acabaste con mis fuerzas, y cuando
me comiste la boca y me besaste el cuello te advertí, de dije que pararas,
susurré tu nombre, reprochándote, y tú te reíste, y la muralla calló lentamente,
y noté como cada pedazo de roca resonaba dentro de mí.
Has conseguido vencerme, y no soy capaz de levantarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario