Es el tiempo que estuvimos tan cerca que podía contar las
pestañas de sus ojos. El tiempo en el que su brazo rodeó mi cintura y me acercó
a él preguntándome si estaba enfadada. Es el tiempo que tardé en reaccionar y
en alejarme de él, porque me encanta, porque estoy enamorada de un gilipoyas,
de un chulo, de un tonto que yo sé a lo que va. Pero me muero por sus huesos, y
aunque quiero, no quiero, porque se que no debo.
En esos nueve segundos debió darse cuenta de mi rechazo a
pesar de mis ganas de estar con él y de besarle como una vez ya le había
besado.
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