Mi abuelo creció en una época de guerra, de pobreza, de
hambre. Todo en su familia era ahorrado y aprovechado. Subsistían con lo poco
que mi bisabuela ganaba en la tiendecita de la estación, haciendo buñuelitos
con las cáscaras de las patatas.
Y una tarde de abril, con el cielo parcialmente cubierto de
nubes por la lluvia que había caido esa mañana y que aún mojaba los campos, mi
abuelo y sus amigos trazaron un plan perfecto para olvidarse de la pobreza.
Con apenas diez años, los siete niños salieron de sus casas
con sacos de esparto vacíos a sus espaldas. Esperaron media hora hasta que el
sol salió de entre una espesa masa de nubes y un gran y definido arcoiris se
dibujó en el paisaje.
Salieron a correr sin dilación alguna, hacia el campo,
subiendo y bajando cerros, sorteando árboles y piedras. Se mojaron los zapatos
y los pantalones con el agua del suelo, se mancharon de barro, y sobre todo,
rieron. Rieron mucho, olvidando el hambre que a veces acuciaba a su estómago,
los bombardeos que escuchaban por las noches, las noticias en la radio de gente
y más gente muerta.
Cuando creían que estaban llegando, siempre se alejaba. Él
huía de los chiquillos poco a poco, como si quisiera que la carrera no acabara
nunca, para que no dejaran de ser felices, de vivir aquel cielo sumergido en un
infierno, para que disfrutaran de los colores de la primavera de una infancia
que no estaban viviendo.
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