Y la niña se mecía en
el columpio con aire melancólico y triste, completamente abatida. No tenía nadie
con quien hablar, nadie a quien contarle su grandísima preocupación.
Nadie, hasta que
cuando estaba anocheciendo, un rubio duende se acercó a ella, con la esperanza
pintada en los ojos y la curiosidad marcada en la sonrisa.
-¿Qué te pasa, dulce
niña?
La niñita, asombrada
por la vocecilla del duende, le miró, a esos ojos verde esmeralda, tan
profundos como el mar, con un brillo indescriptible.
-No me pasa nada-
contestó ella con total confianza.- En realidad sólo tengo una pregunta, que
nadie me contesta. Y no sé si es porque no quieren, o porque no saben la
respuesta...
-Bueno, pregúntame.
Quizá pueda contestarte.
La chiquilla pensó
durante un momento, y habló, decidida, con un tono más maduro al
correspondiente a su edad.
-¿Y por qué ibas a
contestarme tú, si nadie lo ha hecho nunca? ¿Por qué ibas a darme la respuesta
a mi pregunta no contestada?
El duendecillo, que no
esperaba la respuesta de la niña, envió un contraataque.
-No preguntes,
entonces, si tienes miedo a la respuesta. Pueden intetar, soy un duende del
viento, del arcoiris, de los árboles y de las flores. Chiquilla, soy un duende
de la primavera, más antiguo que la vida misma.
-¡Entonces dime!
¡Contéstame! ¿De qué color es el viento? ¿Es acaso morado, rojo, o quizá
amarillo?
En duende sonrió,
mostrando unos dientes blancos y perfectamete colocados, como debía ser.
-El viento no es de
ningún color. El viento es de todos los colores. Niña, el viento, ese que
conquista corazones e inspira terror, ese viento, es del color que tú quieras.
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