lunes, 13 de mayo de 2013

El duende


Y la niña se mecía en el columpio con aire melancólico y triste, completamente abatida. No tenía nadie con quien hablar, nadie a quien contarle su grandísima preocupación.
Nadie, hasta que cuando estaba anocheciendo, un rubio duende se acercó a ella, con la esperanza pintada en los ojos y la curiosidad marcada en la sonrisa.
-¿Qué te pasa, dulce niña?
La niñita, asombrada por la vocecilla del duende, le miró, a esos ojos verde esmeralda, tan profundos como el mar, con un brillo indescriptible.
-No me pasa nada- contestó ella con total confianza.- En realidad sólo tengo una pregunta, que nadie me contesta. Y no sé si es porque no quieren, o porque no saben la respuesta...
-Bueno, pregúntame. Quizá pueda contestarte.
La chiquilla pensó durante un momento, y habló, decidida, con un tono más maduro al correspondiente a su edad.
-¿Y por qué ibas a contestarme tú, si nadie lo ha hecho nunca? ¿Por qué ibas a darme la respuesta a mi pregunta no contestada?
El duendecillo, que no esperaba la respuesta de la niña, envió un contraataque.
-No preguntes, entonces, si tienes miedo a la respuesta. Pueden intetar, soy un duende del viento, del arcoiris, de los árboles y de las flores. Chiquilla, soy un duende de la primavera, más antiguo que la vida misma.
-¡Entonces dime! ¡Contéstame! ¿De qué color es el viento? ¿Es acaso morado, rojo, o quizá amarillo?
En duende sonrió, mostrando unos dientes blancos y perfectamete colocados, como debía ser.
-El viento no es de ningún color. El viento es de todos los colores. Niña, el viento, ese que conquista corazones e inspira terror, ese viento, es del color que tú quieras.

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