Estabas en el balcón, al sol del otoño, escuchando el
tráfico lejano y mirando a los pocos transeúntes que pasaban bajo tus pies. Y
entonces llegué yo.
Te giraste lentamente. Una ligera brisa hacia que tus
cabellos se movieran suavemente. La luz dorada te daba un aire nostálgico, y
tus ojos verdosos refulgían con fuerza. Así parecías recién sacada del más
llamativo anuncio de perfumes de una conocida marca.
Pero sólo hacía falta fijarse un poco para ver que no todo
era tan bonito. Tu figura flaca, casi esquelética, se desdibujaba bajo aquella
vieja camisa mía de la que te habías apropiado; no quedaban rastros de tus
sinuosas curvas, ya.
Tu piel solía estar tostada, y tus labios eran carnosos,
pero la palidez se apoderó de ti, tus labios se cortaron y se secaron, igual
que tus antes frescas ideas.
La enfermedad te consumía lentamente, en aquel piso del
Madrid que recorrimos hasta hacía un par de meses.
"Ya no hay vuelta atrás, cielo. Esto se acaba, tú te
acabas, y yo contigo".
Sonreíste despacito, adivinando mis pensamientos e
intentando aliviarlos.
Y sólo quise cantarte esa canción, mi chica rock 'n roll.
Vámonos de la ciudad que tantos dolorosos recuerdos nos
trae. Vámonos de Madrid.
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