-Se tú, se yo, déjate llevar.
-Sabes que me cuesta la misma vida, eso que me pides.
-Porque estás muy tensa...
-¡Claro que estoy tensa!
Y me besas por el cuello intentando que me relaje, cuando lo
único que consigues es ponerme aún más nerviosa. Tus manos fuertes y decididas
están en mi cintura, y se mueven lentamente, pero con seguridad, y pongo mis
manos sobre las tuyas, separando mi cuello de tu boca con delicadeza.
-¿Quieres que pare?
-Sí.
-Sabes muy bien que no.
-Lo sé.
-Por favor...
Suspiro, y es que yo quiero tanto como tú, pero tengo
algunas dudas, que no me dejan seguir adelante. Recuperas los pocos centímetros
que te había alejado de mí, y me miras profundamente con esos ojos tuyos, tan
negros como el azabache, tan inquietantes como un pozo sin fondo. Y
sonríes con ellos, con tu boca, con toda tu cara. Pegas tu nariz a la mía, y me
hablas despacito y en voz baja, como si temieras que pudiera asustarme.
-Déjate ser mía.
Y con esas palabras me abandono a ti, a tus besos mimosos, a
tus caricias impacientes, a los suaves rizos de tu cabeza rozando mi frente.
Como tú me habías pedido, sólo me dejo llevar.
Y de vez en cuando paras unos segundos, me miras pidiéndome
en silencio permiso para continuar, y yo te lo doy con ligeras sonrisas, con
suaves besos en los labios.
Me separo de ti con cautela, me siento en la cama, y miro
tus rasgos perfectos en tu eterna apariencia de golfo: nariz recta, largas
pestañas, labios carnosos, piel morena... Maldito hindú del que caí enamorada.
Vienes hacia mí con pasos fuertes y te haces ademán de
sentarte sobre mí, pero te inclinas y me besas, empujándome hacia atrás
lentamente, sólo con tus besos, y cuando lo consigues te tumbas sobre mí, y yo
muero porque siento el mundo encima, una presión que no está causada por tu
peso, sino por el peso de la situación, y la vergüenza puede conmigo... pero
contigo no puede nada. Y a pesar de tu pasión me tratas con una delicadeza
infinita.
Aparto mi cara hacia un lado, y tu vuelves a besar mi
cuello. Giro mi cara otra vez, para verte, para que me beses, y busco tus
manos, apoyadas en el colchón, apartándolas de su posición. Entonces sí cae
sobre mí tu peso, menos del esperado, en realidad, pero viéndote incómodo nos
haces rodar, y cambian las posiciones. Guías tus manos a mi cintura, y sorteas
la fina camisa para rozar mi piel y provocarme un escalofrío.
Cuando intento quitarte la camiseta, tu te incorporas, y a
mí contigo, y entre beso y beso consigo sacarte de encima la camiseta, pero tú
dejas la camiseta tal cual y sigues explorando mi cintura bajo ella.
Y de ahí en adelante se sucedieron los besos y las caricias, las
cremalleras de los dos, desabrochadas, una dulzura imposible y una sensación
arrolladora.
No hay comentarios:
Publicar un comentario