Sientes como cada uno de los días de tu vida se escapa entre
tus dedos, con la agridulce y cotidiana monotonía que te acompaña desde el
mismísimo instante en el que el despertador te produce un microinfarto.
Un olor, un sabor, una sonrisa, una chaqueta, una palabra,
una mochila... Lo conoces todo tan bien como para que te sorprenda, pero no
pierdes ese resquicio de esperanza que te insta a continuar y no dormirte en
cada clase, para descubrir los pequeños tesoros que hacen cada día diferente en
esa soporífera rutina.
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