Bajo el manto de oscuridad de la noche sin luna, los dos
recorrían la ciudad, un hervidero de vida si sabías donde ir, un lugar pacífico
si querías olvidarlo. Y ellos dos, contemplando la solitaria Fontana de Trevi,
con el fondo repleto de monedas de todas partes del mundo, de valores dispares,
de fotos, besos y sueños.
Ella bajó los escalones lentamente, después de quitarse los
zapatos, con ese ligero sopor feliz que dan un par de cervezas y se sentó en el
borde de la fuente, donde el bochornoso calor del verano se hacía más
soportable.
Se giró y metió los pies en el agua, en un momento en que él
desvió la mirada intentando colgar su móvil, que sonaba con el tono de llamada
de su amigo. Cuando la vio, bajó e intentó convencerla.
-Eh, vamos, saca los pies, ¡los caravinieri siguen de
ronda!.
Y haciendo caso omiso, y como en aquella película, ella se
metió en la fuente, salpicando su vestido con el agua fresca.
Y él, enamorado de aquella joven y loca borracha, fue a
meterse con ella, para quererla, para besarla, para sacarla de allí antes de
que llegara la policía.
Y ambos mojándose los pies sin zapatos, se miraron a los
ojos como nunca antes lo habían hecho, con un brillo especial, con el reflejo
de la magia de esa noche.
-Quiéreme hasta que no puedas más- Susurró ella a su oido.-
Gasta mis labios en el beso más impetuoso que hayas dado jamás. Limítate a mi,
tenme como el centro de tu mundo.
-Ya lo eres, cada segundo de mi tiempo, eres mi mundo, no te
preocupes.
Melodramática y contenta, se acercó lentamente a él y le
besó, lentamente, provocando como solo ella sabía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario