Y te acercas rápido, sintiendo la fuerza de mil caballos
furiosos en tu interior pero con cada paso medido al milímetro.
Vuestros cuerpos colisionan, y tienes tan cerca su cara que
se vuelven borrosos los detalles, y sólo su perfume almizclado es una
referencia de que verdaderamente es él.
Su mano en tu cintura, tu mano en su cuello, la música
sonando y ambos en el remolino del tango.
PAM... PAM... PAM... Ahora sí, el ritmo corre por tus venas,
tu compañero te guía, pero no te dejas engatusar, eres su dueña, eres su
señora, y él se derrite a cada toque de tu piel, pero lo oculta, brusco,
movimientos bastos y austeros.
No te hace falta más muestra. Te desea. Te pregunta con la
mirada, pero no te pide permiso, se los toma por su cuenta.
Bailas, no pierdes el control, y en el segundo en que te
sientes en un huracán desorbitado, sin saber como, vuestros labios se rozan
fugazmente. Mirada intensa, pausa corta. Y sigue la danza.
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