lunes, 13 de mayo de 2013

Me alegro tantísimo de que no pasara nada...


De madrugada, muy madrugada. Ya sabes, como últimamente cada sábado. Los dos en el salón de casa, con la MTV de fondo y hablando bajito, para que mis padres, acostados hacía horas, no se despertasen.
Tú en el sofá, yo en el sillón y el brasero puesto, nada más que un poco de comodidad.
Pero el viernes necesité que me quisieras, y me tumbé en el sofá con la cabeza apoyada en tus piernas, mirándote a la cara. Y seguimos hablando, hablando y hablando, ya sabes, como siempre, durante horas.
Y empezaron las caricias que no tenían propósito alguno más que estar cómodos, como siempre. Tú y yo amigos desde hace cinco años.
Y los dos, cerca, tan cerca, tumbados en el sofá, nuestras caras rozándose, tus manos en mí, caricias lentas y suaves, enamoradas de mi pelo y mi cuello. Mis manos en ti, enamoradas de tu brazo y tu espalda.
De repente te estremeces, te pegas a mí y sonríes... Porque he encontrado sin buscarlo un punto débil que por lo visto tenemos todos. Pero tú eres consciente de que mi verdadero punto débil es mi cuello, y cuando empiezo a pasar mis dedos por la zona D de tu espalda para hacerte rabiar, te cobras tu venganza, tu boca en mi cuello, y yo crispada, incapaz de reaccionar.
Anoche me dejaste cao, amigo mío, y lo sabes perfectamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario