De madrugada, muy madrugada. Ya sabes, como últimamente cada
sábado. Los dos en el salón de casa, con la MTV de fondo y hablando bajito,
para que mis padres, acostados hacía horas, no se despertasen.
Tú en el sofá, yo en el sillón y el brasero puesto, nada más
que un poco de comodidad.
Pero el viernes necesité que me quisieras, y me tumbé en el
sofá con la cabeza apoyada en tus piernas, mirándote a la cara. Y seguimos
hablando, hablando y hablando, ya sabes, como siempre, durante horas.
Y empezaron las caricias que no tenían propósito alguno más
que estar cómodos, como siempre. Tú y yo amigos desde hace cinco años.
Y los dos, cerca, tan cerca, tumbados en el sofá, nuestras
caras rozándose, tus manos en mí, caricias lentas y suaves, enamoradas de mi
pelo y mi cuello. Mis manos en ti, enamoradas de tu brazo y tu espalda.
De repente te estremeces, te pegas a mí y sonríes... Porque
he encontrado sin buscarlo un punto débil que por lo visto tenemos todos. Pero
tú eres consciente de que mi verdadero punto débil es mi cuello, y cuando
empiezo a pasar mis dedos por la zona D de tu espalda para hacerte rabiar, te
cobras tu venganza, tu boca en mi cuello, y yo crispada, incapaz de reaccionar.
Anoche me dejaste cao, amigo mío, y lo sabes perfectamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario