Oh, aquí pondré mi descanso eterno y sacudiré el yugo de las estrellas
enemigas quitándolo de esta carne harta del mundo.
Ojos, mirad por última vez, brazos, dad vuestro último abrazo, y
vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con legítimo beso una confesión
sin término a la muerte rapaz.
Así, con un beso, muero.
Y el amante murió, con un beso entre sus labios, que nunca
rozaron los de la amada antes del último aliento.
Y el aire enmudeció, esperando la respuesta de un cruento
trueno sesgando el cielo.
Y las flores miraron desde el suelo, escondidas entre la
alta hierba.
Y el músico dejó caer su arpa, que se quebró en el suelo en
dos mitades simétricas.
Y los niños dejaron rodar su pelota por el suelo, cuyo ritmo
inexorable le llevó a un charco de barro.
Y todo un pueblo contemplando la tragedia de los dos
enamorados se encogió de dolor.
Y ella, antes de despertar, sintió en su sueño la caricia
del último beso, que el alma de su amado arrastró hasta el cielo. Y los pelos
de su nuca se erizaron, y su estómago se contrajo en un nudo, y su cerebro dió
una sacudida, y sintió el palpitar de su corazón en cada una de las partes de
su cuerpo.
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